Me gustaría pensar que este es el principio del final del túnel. Que habrá un cambio real, de aquí a unos pocos meses. Que las cosas se irán arreglando por fin. Que el resto del camino será plano y cuesta abajo. Me gustaría pensar que volverán las cosas del pasado que no supe mantener, las cosas buenas, mi "yo más yo". Que me despertaré de esta pesadilla (después de seis meses, un año, dos años... eso da lo mismo, después de tanto tiempo) y podré por fin empezar a vivir. Me gustaría asomarme por fin al espejo y reconocerme. Y sentirme orgulloso. E ir sembrando el camino de piedrecitas de colores y cosas (conchas, piñoñes, hojas) que, cuando sea más viejo, recogeré y guardaré en una caja. Y esa caja por fin será mi vida. Y podré morir en paz, sabiendo que he hecho algo y que hay una caja llena de cosas mías.
jueves, 14 de agosto de 2008
lunes, 11 de agosto de 2008
Caminarás solo
Cuando te haga falta, cuando me eches de menos, mirarás a tu lado y yo no estaré ahí. Como tampoco estuve la última vez. Como no estoy nunca, cuando de verdad me necesitas. Te diré que no estoy en condiciones, que estoy confuso, que no estoy dispuesto, que tengo que pensármelo, pero no estaré ahí. Aunque luego tú me recojas cuando me vengo abajo y me pasees medio zombi y dormido por media España, como el que pasea un cadáver (justo cuando más apoyo emocional necesitas y cuando mejor te vendría tenerme ahí): así y todo me tendrás que escuchar que echo de menos a alguien más fuerte, que tú eres demasiado débil para mí. Y yo no estaré ahí para recogerte cuando seas tú el que se viene abajo. Me esconderé en mi concha, te cerraré la puerta, me enterraré en un hoyo, tendrás de mí un montón de bonitas palabras (pocas, de todos modos, porque te impondré el silencio) pero ni un solo gesto. Ni un abrazo. Ni un beso. Ni una sola palabra de consuelo. No estaré. Cuando me eches de menos y me busques, estaré de vuelta en casa, con los míos. Y empezarás a caminar tú solo, muerto de frío y de miedo, y quizá hasta te eches mano a los bolsillos para encontrarte, entre virutas de color de caramelo, una nota que dirá: "Siento haberte fallado cuando más me necesitaste. Perdón, mi vida". Pero da un poco lo mismo, porque yo no estaré ahí. No estoy preparado. Me lo tengo que pensar.
domingo, 10 de agosto de 2008
Güisqui y orfidal, y un toquecito de lorazepam
Hay días en que uno cae. Días que se parecen demasiado a ayer, y en los que el mañana no es más que un truco malo para obligarse a levantarse cada día. Días en que no se ve la punta de todo esto. Días negros como agujeros que se lo tragan todo. Días en que nadie llama, en que nadie está, en que nadie existe, ni siquiera uno mismo. Porque uno ya está harto de sí mismo y sólo quiere eso: dejar de existir. Coger la vía rápida. Morir ya no tan joven, pero por lo menos dejar un cadáver medianamente digno. Ahorrarse lo que sabe que va a ser lo peor: los últimos capítulos de este libro sin pies ni cabeza ni una trama interesante, esos últimos capítulos que han comenzado ya. Porque intuyes que el final de ese libro es más que triste. Trágico, incluso. Soledad y derrota. Y aún estás a tiempo de evitar todo eso, y de evitárselo también a los otros. 50 ó 60 pastillitas de orfidal y medio litro largo de güisqui, y quince o veinte pastillitas más de lorazepam o de otro somnífero. Un suicidio rápido (el de las pastillas) o un suicidio lento (el resto de tu vida). Eso es lo que hay. Y ahora, tú eliges.
sábado, 9 de agosto de 2008
Yo, robot
viernes, 8 de agosto de 2008
Sucedáneos
Es un error, y lo sabes. No deberías conformarte con sucedáneos. Aunque te parezcan un alivio a corto plazo. Es un error. No es ése el camino. Deberías derribar primero todo, tirar la casa entera, no dejar ni una sola viga en pie, para después reconstruirlo todo. Pero hacerlo bien esta vez. Sin soluciones fáciles ni chapuzas, sin malos hábitos adquiridos ni comodines ni engaños ni fórmulas mágicas que lo solucionen todo. Porque no hay más camino que ése: meter la piqueta y terminar con todo. Reconstruirlo todo desde las mismas ruinas. Levantar la casa piedra a piedra, viga a viga, muro a muro, puntal a puntal. Y después, protegerse del invierno dentro de ella.
Los sucedáneos no llevan a nada. La vida está ahí fuera. Pero hay que trabajar para poder conseguir algo que verdaderamente merezca algo la pena. Tú lo tuviste una vez, y lo perdiste: lo diste por ganado sin ningún esfuerzo. No caigas otra vez en el mismo error. No creas en los milagros. Los milagros no existen, sólo existe el esfuerzo. Las grandes catedrales no se levantaron solas.

jueves, 7 de agosto de 2008
Limpieza étnica
Jugar el juego
Jugar el juego consiste en mostrarse interesado, pero no demasiado. En mostrarse cercano, pero no más de la cuenta. En no parecer nunca posesivo, ni absorbente, aunque por dentro lo quieras todo de la otra persona y estés también dispuesto a darlo todo tú. Porque no es más que eso, un juego. En el momento en que te abres al otro y te haces transparente (lo sabes por experiencia) estás perdido, pasas a la lista negra de los indeseables o de los medio maníacos. Dar, pero dar poquito y con cuentagotas. Recibir con prudencia, como el que nunca espera lo que va a recibir. No exigir nunca. Incluso aunque uno sepa que esto es como un contrato, y que en los contratos todo se basa en eso: derechos y obligaciones, expectativas que una y otra parte se comprometen a cumplir de antemano. Jugar el juego es, en cierto modo, poner siempre el yo en primer lugar. Y saber que el otro, en un momento dado, va a hacer eso mismo: pensar primero y sobre todo en él mismo. "Lo primero soy yo, y después yo, y después de eso, yo", te dijo una vez alguien y te sonó horroroso. Pero era sincera: es igual en todo el mundo. No puedes contar con nadie. Porque nadie está ahí nunca cuando estás solo y jodido, y a ti ya no te quedan ganas de jugar el juego.
martes, 5 de agosto de 2008
Fantasmas
domingo, 3 de agosto de 2008
El peor momento
sábado, 2 de agosto de 2008
Muy pronto, demasiado tarde
Hay una frase de Marguerite Durás que dice que en su vida "muy pronto, ya fue demasiado tarde para todo". Así me siento yo, cuando echo la vista atrás y trato de distinguir en qué momento preciso de mi vida se fue truncando todo, en qué instante las promesas comenzaron a ser más bien fracasos y desilusiones. La red, en realidad, empezó a fallar desde siempre, y recuerdo caídas al vacío casi desde que tengo conciencia de las cosas. A los cinco años, a los diez, a los dieciocho, a los veinticinco... no hubo nunca un momento en que el problema interno pasara a segundo plano, y uno pudiera centrarse en la vida, en los problemas normales de la vida, en ese día a día contra el que todo el mundo se mide y se crece. No. Ahí estuvo siempre el monstruo, exigiéndolo todo, devorándolo todo, tomando siempre las riendas de lo que hacía o lo que decía yo. Muy pronto, sí, casi desde el principio, fue demasiado tarde para que esto fuera después otra cosa. Ya desde la misma línea de salida se veía lo que había y se veía también no sólo que yo no era un caballo ganador, sino que tendría suerte en realidad si es que conseguía terminar la carrera.
La química funciona
Las pastillas funcionan. Te estabilizan, te hacen sentirte físicamente bien, o, por lo menos, normal, y no como una máquina a veces desengrasada y a veces pasada de revoluciones. El cuerpo empieza a funcionar por libre, a ir cogiéndose el ritmo a sí mismo, a ponerse en marcha lentamente, pero con resultados bastante visibles. La cabeza es otra cosa. La cabeza se siente ajena al cuerpo. Se ha quedado anclada en los viejos problemas, en las limitaciones que impone este trastorno: la cabeza sabe que las cosas no van bien. A pesar de que el cuerpo le diga lo contrario. A pesar de que la química consiga darle a todo esta sensación de normalidad (que no es en el fondo más que irrealidad: una cortina o un cuadro bonito que tapa las grietas profundas de la pared). Y la solución, o así lo intuye uno, es justo la contraria: de dentro afuera, siempre. Primero, la cabeza. Y para la cabeza no sirve la química.
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