lunes, 30 de junio de 2008

El derrumbamiento


Nada de todo esto será igual en pocos meses. Te das cuenta y sientes miedo, aunque también una cierta inquietud por saber que, al final, podrás salir de aquí, de esta situación que se muerde la cola y que te tiene aprisionado hace años. Nada será lo mismo. Otra ciudad. Gente que ya no estará nunca más. Muchísimas cosas que cambiarán para siempre. Y, en medio de todo eso, te imaginas a ti mismo, con tus fantasmas de ahora (y del pasado, y de siempre) como único recuerdo -desvaido, descolorido, casi increíble para los demás- de ese pasado del que ya no queda nada: y te ves también, un poco patético, como único guardián de unas ruinas que ya nadie visita y a las que nadie le importan ya nada. Y no te apetece vivir ese futuro. Esa vida sin hilo ni argumento en la que nunca ha llevado nunca a nada y de la que, sin embargo, te han dejado las ruinas. Para que todos recuerden que existen. Para que tú vivas ahí, entre ellas. Donde cada pedrusco y cada forma te recuerdan a ese tiempo en que las cosas parecían tener sentido. Hace ya mucho tiempo. Antes, en realidad, de que todo esto empezara.


Gimme some truth

¿Llegamos a entendernos de verdad alguna vez? Me refiero a entendernos de verdad, profundamente. Ni siquiera sé si hablábamos el mismo idioma. Yo quería realidad, necesitaba realidad, no palabras ni dibujos ni sueños: vivía -como vivo- en mitad de un huracán, y un poco más de aire (o de humo, o de ilusiones) era casi lo último que quería y necesitaba. Tú venías de otro mundo: tu realidad era sólida, y por eso podías jugar a huir de ella y volver luego como si tal cosa. Te gustaba soñar, escaparte por un rato por ahí, sabiendo que al volver te encontrarías todo en orden, todo un pequeño mundo perfecto esperándote. A mí me faltaba el suelo. Y no es que fuera amargo o que no me gustara dejarme ir por ahí, contigo, y perderme también en tus ensoñaciones: pero sí es cierto que luego, al hacerse oscuro, cuando por fin llegaba la hora de volver a casa, yo no tenía dónde volver ni tenía tampoco dónde aterrizar. Y tú me veías desde abajo, volando, dando vueltas y vueltas, y entonces te sentías muy triste y muy impotente, y yo quizá más triste e impotente que tú, viéndote de vuelta y a salvo mientras yo me quedaba por ahí, perdido entre las nubes, como alguien que -por más que se esforzara- no podría nunca formar parte de tu vida más que en una parte pequeña y marginal. Y nada de esto que te digo es un reproche, ni quiero tampoco que lo entiendas así: eran dos lenguajes distintos, ya te digo, dos mundos diferentes. Lo pienso ahora y lo único que siento es vacío, y tristeza, y frustración, por nuestra propia ceguera: porque quizá el problema fuera simplemente ese, que no había forma humana de que nos entendiéramos. Y sé que tú sufrías cuando yo me quedaba por ahí revoloteando y sin poder bajar. Y sé también que te hubiera gustado que los dos subiéramos y bajáramos al cielo, los dos juntos, como si fuéramos las dos partes de un todo, que todo fuera perfecto, sin problemas nunca, todo felicidad. Pero yo no podía subir y bajar así, y en cada vuelo contigo -en realidad- perdía un trocito más de lo poco que me ataba a ningún sitio. Hasta que, por fin, llegó un día en que tú volviste a tus cosas, a tu mundo, a tu orden, y yo me quedé arriba, revoloteando en mitad del caos. Como sigo ahora. Buscando desde arriba (desde ninguna parte), desesperado, un trocito de suelo, un pequeño zócalo aunque sea, un rinconcito, un lugar en el mundo donde poder poner el pie y vivir en paz. Un trocito de mundo donde no estorbe a nadie, donde -si hay alguien más- me acoja y me acompañe (como yo lo acogeré y lo acompañaré), donde no me lleguen los gritos de los pájaros ni el runrún agobiante de la vida de los otros. Un sitio, sólo eso, donde poder aterrizar, ya para siempre.

sábado, 28 de junio de 2008

El final del viaje

No ha sido un viaje largo, ni especialmente corto. Ni ha estado tan lleno de cosas desagradables: en realidad, mucho de lo que ha habido ha estado no sólo bien, sino que muy bien. Ha habido buena gente con la que caminar (y también de los otros, de los que hacen que llueva y el suelo enseguida se llene de charcos). He visto muchas cosas que nadie verá nunca. He disfrutado mucho. Podría haber sido mejor... pero la mochila que llevaba era tan grande, pesaba tánto, y me daba también tánto miedo deshacerme de ella o dejarla de lado (a dónde iba a ir yo sin mi mochila?) No ha sido, desde luego, un camino de espinas: se parece más a una fiesta que se acaba, porque los invitados van pasando al salón a beberse sus copas y fumarse sus puros y a hablar de cosas serias, y tú no estás invitado (ni serías capaz tampoco de ponerte, entre ellos, a discutir de la vida con mayúsculas).

El viaje termina, como termina todo. Hay quien se baja del tren al final de un larguísimo trayecto y quien prefiere bajarse en las primeras estaciones. Y, al bajarse del tren, lo que no se conoce: una extensión de campo y de cielo sín márgenes, amarillo y azul. Los dos colores en qu ese reumen todo: los colores que han sido la historia misma de mi vida. El fin de nuestro viaje. Ya podemos -por fin!-liberarnos de los mapas y salir ahí afuera, a lo desconocido.

Donde sopla aire fresco, y apetece.

viernes, 27 de junio de 2008

Could it be borderline personality disorder?

Un video (en inglés) donde dan información general y consejos para las personas que tienen a alguien con TLP en su vida...

jueves, 26 de junio de 2008

Respira



Respira para hacer que yo respire.

Como una planta seca

Quizá el problema (el error, el imposible) sea empeñarse ahora en recobrar la más mínima ilusión. Ahora es el momento, más bien, de recogerse, de dejarse vivir, y dejar pasar los días como si uno fuera ese juguete roto que ve pasar la vida desde el fondo del escaparate. Ya lo hice una vez, y funcionó: me levantaba y me daba cuerda, y el resto del día eran horas vacías que se llenaban con las mismas horas. No intentaba pelear. No había nada tampoco por lo que pelear. Pero no había sufrimiento, por lo menos: las cosas de los otros te traían y te llevaban, y terminabas viéndolos a todos como a bichitos curiosos que coexistían contigo por ahí, sin mucho molestar, sin aportarte tampoco demasiado. Y de esa indiferencia acabó surgiendo algo, lo que sólo un poco antes te parecía imposible. Renaciste, aunque fuera para morir otra vez. Esta vez, cuando renazcas -si es que eso pasa por fin- ponte un traje de astronauta y una escafandra bien grande, y asegúrate de que vas bien armado antes de exponerte salir a la calle. Por lo demás, no hagas nada ahora: hiberna, mira las cosas desde fuera, ve dejando que todo lo que tiene que irse se escape lentamente por el sumidero y luego echa un buen vaso de desatascador. Que se limpie todo, por dentro y por fuera. Que otros tomen por ti las decisiones. Que todo pase. Sin prisas. Pero ya.

La rabia no vende

Deberías saberlo ya. Trabájate la pena, o intenta ser más pasivo, no decir lo que piensas, ni que sepa tu mano derecha qué da -o cuánto da, o a quién da- tu mano izquierda. No pierdas la paciencia ni aunque hables y hables, y repitas una y otra vez lo que quieres decir, y a nadie parezca interesarle un carajo, o nadie escuche, o te miren como si siempre repitieras lo mismo. Ensaya, si hace falta, la indiferencia... o hasta la sonrisa hipócrita. Desarrolla tu cinismo. Aprende a convertir las emociones en literatura, en bonitas palabras con las que acorazarte un jardín para ti solo, un invernadero donde convertirte tú mismo en invierno. Utiliza a los otros como figuración, según te venga bien, y sin que se den ni cuenta. Cónstruyete tu propio paraíso privado donde cada cual sea sólo una pieza de la vida que tú quieres para ti.

Aprende, coño.
Cuando es tan evidente que hasta el más idiota lo sabe hacer, y lo hace, y sobre eso se construye una vida.


Jugar al escondite

Tres días he aguantado en aquel sitio. Lo que, por supuesto, les viene de perlas a todos los que dicen "no aguantas nada en ningún sitio" o "no pones nada de tu parte".

Si uno busca en el google El Seranil (Benajarafe) se encuentra, nada menos, con que es "un nuevo modelo de intervención psiquiátrica para el siglo XXI", además de toda una colección de bonitas fotografías que hacen pensar que aquello es poco menos que un hotel de cinco estrellas. Y es verdad que el recibidor y el pasillo principal son bastante aparentes. Pero ahí termina todo.

Llego el primer día (son 140 euros lo que te cobran por día, no es moco de pavo) y ni siquiera tengo cama: me colocan en una minisupletoria en una habitación con otros dos pacientes... un esquizofrénico profundo (que además, ronca como un caballo con rinitis) y un obsesivo compulsivo que habla solo y se despierta a las seis de la mañana y pone la tele a todo volumen (sobre la necesidad de poner televisión en las habitaciones de un sitio donde supuestamente vas a descansar... se me escapa). La habitación entera es bastante cutre: el baño no tiene cortina (mis dos compañeros no se han duchado en los tres días que he estado, pero yo he tenido que hacer verdaderas filigranas para no ponerlo todo a nado cada mañana) y tampoco ellos -que sí tienen algo parecido a una cama- tienen mesita de noche o luz propia. La forma de organizarse es coger sillas de plástico del jardín y poner encima lo que cada uno tenga (ropa -poca, porque no hay armarios y tienes que dejarla en una especie de control al llegar-, algún libro, lo que sea...)

Terapia como tal no la hay. O bueno, sí: terapia ocupacional. Hacer papel reciclado, cultivar un pequeño huerto, rellenar globos con jabón y pintarles una carita. Cosas así. Puede que haya gente allí que le hace bien eso: a mí me parece que he vuelto a preescolar y -peor- que me tratan como si hubiera vuelto a preescolar. Aparte de que a eso llega uno después de haber superado (es un decir) el rato del desayuno, que creo que merece que le dedique un parrafito aparte.

Para empezar, las habitaciones están cerradas toda la noche, de 12 a 8. Lo peor no es eso, sino que no hay botones ni timbre con que avisar al celador si uno se despierta en mitad de la noche o necesita algo (no quiero ni pensar qué podría suceder si alguna habitación sale ardiendo un día). A las 8, el ambiente recuerda a un cuartel, con celadores aporreando puertas y haciendo que le gente se levante y salga afuera en menos de cinco minutos. Salir afuera significa amontonarse en el patio que rodea la piscina. Porque aquello debió ser un hotel de esos de vacaciones que empezaron a verse en los años 50 ó 60 por la parte de la Axarquía, donde se quiso hacer una segunda costa del Sol pero en más pobretón, y esa es exactamente la pinta que tiene: el recibidor, las columnas de la entrada, una piscina con un patio pasado de moda de esos que se usaban para celebrar guateques y para la coronación de la reina de los juegos florales 1962. Ahí, en ese patio, amontonan a los pacientes durante más o menos media hora, hasta que les dejan pasar al comedor. El comedor es eso, el antiguo comedor del hotelito: es bastante amplio, pero como han quitado casi todas las mesas, hace falta hacer tres turnos para desayunos, comidas y cenas. La sensación que da es de caos, de desorden: mucho espacio vacío y gente por todas partes sin saber muy bien qué hacer. El resto de las pacientes -esperando su turno para desayunar- o se amontonan en dos esquinas donde les han puesto un par de filas de esas de aeropuerto con dos televisores (a toda potencia: Canal 40 Hispano y cosas así a las ocho y media de la mañana) o, directamente, se tumban sobre la barra (de lo que debió ser el bar) y se echan allí a dormir. Nadie controla nada (apenas dos enfermeros que tratan a los pacientes como lo que parecen ser: ganado que manejar de un sitio para otro).

Por las mañanas también te ve un psicólogo. Que te pregunta poco más que como estás, que te dice que ánimo, y que te advierte rápidamente que lo mejor es que te vea tu psiquiatra al día siguiente. En total, diez minutos de visita (como mucho). Pero el psiquiatra (al que he visto dos veces) tampoco es que tarde mucho más en despacharte (el segundo día ya sí: cuando digo que me voy, me pide que me lo piense, y que incluso podemos ver lo de la cama supletoria cutre que me largaron el primer día) . Te dice además cosas como que "el TLP en sí mismo no es nada, es como decir estoy ansioso" y que habrá que ver qué tiene uno exactamente. Desde el principio piensas: no nos vamos a entender. Este tío ni sabe de qué va la cosa. Y estoy en sus manos.

Por la tarde, los pacientes vegetan o chapotean en la piscina o dan vueltas por la playa acompañados por un monitor (la mayoría de la gente tiene disfunciones serias, lo que hace te sientas todavía más bicho raro). Yo me las paso dormitando en mi cuarto (en parte, porque la medicación delirante que me han puesto son tres orfidales al día y un somnífero fuerte por las noches): pero no me quejo; es lo único parecido que encuentro a lo que he venido a buscar: un sitio donde recogerme, donde olvidarme de todo, donde descansar. Silencio (sin televisores tronando a todo trapo por todos los rincones), orden (sin pacientes dormidos sobre las barras de la cafetería ni peleándose a gritos sin que ningún celador se moleste en ver qué pasa), tranquilidad (un sitio donde perderse en el tiempo, y no donde cada día sea una prueba de paciencia y hasta de supervivencia).

Cosas que -te das cuenta- deberías poder tener (y de gratis total) en tu casa. Si alguien se preocupara, y si las cosas fueran medio normales. Pero yo ya noy yo ni mi casa es ya ni casa, como decía el otro. Ni los psiquiátricos (tal y como están: y este es privado, y caro) son sitios para gente como yo. O como tú.

¿Y ahora, qué?, me pregunto yo. ¿Y a dónde?

domingo, 22 de junio de 2008

Adiós a todo esto

Tómatelo así: adiós a todo esto. A un año de pesadilla, donde todo era mentira. Mentira la relación con tus padres, que hacían vida aparte y no se molestaban mucho por lo que estaba pasando. Mentira la relación con tu novia, sustentada en hora y media diaria de trivialidades por teléfono y poco más. Mentira lo de tus oposiciones, cuando no era más que un monstruo al que mirabas de reojo con respeto (como un Vitorino) pero al que nunca te atrevías a entrar a matar: demasiado toro para ti, probablemente (o ahora, por lo menos... no estabas preparado). Tómatelo así: en realidad no pierdes nada.

Y sí: luego todo se derrumbó (tú ya lo sabías: las mentiras no tienden precisamente a durar, y el desmoronamiento llega más pronto que tarde... ya sabías que todo esto era mentira -tienes ojos y oidos- y que todo esto se iba a desmoronar). No lo pases mal por algo que nació muerto: busca la vida, más allá de las palabras y de los gestos aspaventosos y vacuos. La vida. Lo que te demuestra que algo es real, y que merece la pena atarse a ello.

Y recuerda siempre que -como decía el otro, en la canción-: nunca es triste la verdad... lo que no tiene es remedio.


La enfermedad

"La enfermedad" es un recurso fácil, una etiqueta fácil, que tranquiliza las conciencias de la gente (de la buena gente, los que lo miran todo desde afuera, o desde arriba): estás enfermo, y, en ese sentido, nadie puede ayudarte. Es una cosa entre tú y tu enfermedad. Es una forma de decir que estás loco, que algo en tu cabeza no va bien. Y a los locos ni se les escucha (no más de cinco minutos) ni se les tiene en cuenta. Porque hay una parte de ellos que no es consciente de lo que está pasando: y así, su dolor es menos dolor; sus llamadas de auxilio, delirios de alguien que empieza a resultar ya demasiado pesado; sus actos, imprevisibles (por más que expliques que sólo intentas que te escuchen y te ayuden). A los locos se les acaba ignorando: es fácil convencerse de que nadie tiene la culpa de que estén locos. "Yo hice todo lo que pude, pero es que ya no sabía qué hacer por él", o "nadie podíamos hacer nada, porque es que el pobre estaba muy mal, y todo era imposible".


Mucho más jodido sería, para todos, aceptar que tal vez no esté loco. Sí poseído por los demonios desatados de la rabia... pero no son demonios que hayan surgido de ninguna parte. Son demonios que hemos creado entre todos (algunos, desde hace tiempo... otros, más recientemente). No soy un enfermo, pero sí una persona donde los demonios anidan fácilmente: pero, en realidad, muchos de esos demonios han venido de fuera. Gente que te ha hecho daño alegremente, irresponsablemente, y que ahora te cuelga la etiqueta de "enfermo" (aunque sabían que necesitabas paz, que los demonios se nstalan en ti con la misma facilidad con que un subidón de azúcar mata a un diabético... y sí, es un poco eso, atiborrar de pasteles a alguien que sabes que no tolera ni un mínimo de azúcar y después desentenderte, con algo parecido a un "pues si lo sabía, que no hubiera comido tánto").


Esto, nos guste o no, lo hemos hecho entre todos. Yo no vivo solo en este mundo, ni es ningún secreto que soy como soy y que tengo este tipo de limitaciones. Lo hemos hecho entre todos -así es como me siento- y yo soy poco más que el campo de batalla por donde todo el mundo ha pisoteado, para luego largarse, dejándolo todo hecho ruinas. Soy frágil, pero nadie ha querido verlo así (aunque todos lo sabían). Me afectan mucho las cosas (y nadie, al parecer, lo ha tenido en cuenta a la hora de hacer nada: a nadie le importan las consecuencias de nada, se trata sólo de hacer lo que a cada uno le apetece en su momento).


Un ejército de uno. Armado con una triste espadita de madera, contra doscientos o doscientos mil monstruos (orcos peludos y hambrientos de sangre) que van entrando y saliendo por tu vida, más bien usándote, pidiéndote cosas que saben de sobra que no puedes hacer y luego tirado como un trapo. Porque estás enfermo. Enfermo y terminal. Y nada de "yo me quedaré aquí, a tu lado". Jódete si estás mal. Nadie quiere un lisiado a su lado, o no uno con nombre y apellidos y un día a día tan difícil. Mucho más fácil desentenderse de todo, o decir "ve a terapia, que creo que lo necesitas, y a ver si allí pueden hacer algo por ti".