miércoles, 17 de septiembre de 2008

Alcohol



Tengo una buena relación con el alcohol. No siempre ha sido así (cuando era jovencito, supongo que él y yo éramos todavía como dos nuevos amigos que no han acabado de cogerse la medida), pero hay que ser consciente de que el alcohol es un amigo y compañero peligroso, con el que nunca conviene confiarse. Hoy por hoy, al menos, nos llevamos bien. Yo respeto sus límites y él respeta y los míos. Y además da color a la grisura del día, y -no sé cómo expresarlo de otro modo, la verdad- me enfoca, me define, me hace reencontrarme con una una parte perdida de mí mismo que se queda a diario en los trajines de lo cotidiano, las frustraciones, los sueños que no serán, los sueños que tal vez sean, los lazos que atan y los lazos que aprisionan. No me convierte en una persona diferente, ni tampoco lo busco ni lo quiero, sino que me reencuentra con mi yo más yo. No porque me libere de las inhibiciones (esto se va perdiendo con la edad, mucho me temo) sino porque dibuja y repasa mis contornos, por lo normal difusos, borrosos, o inexistentes. Es una relación casi de amor, o tal vez sólo sea (como dijo Jim Morrison) un pacto de suicidio lento. Porque algo se pierde en cada trago, y algo se gana también. No es tanto un viaje a lo desconocido como un viaje de vuelta a lo conocido, a una parte mágica de la realidad que se pierde normalmente. La vuelta al yo.



lunes, 15 de septiembre de 2008

Recuperar la ilusión

Y esto de la ilusión, ¿dónde se compra? ¿Adónde encargo las ganas de vivir y la curiosidad por lo que no conozco? ¿Cómo hago para dejar de ver la vida como un pasillo que se estrecha y se estrecha, como un montón de puertas que se van cerrando hasta que ya, por fin, no queda ni una sola abierta en la que poder colarse? ¿Quién me traduce eso de "poner de mi parte" a este dolor sin fondo, que no me deja casi ni respirar? ¿Cómo hago para creer que sí, que existe ese mañana, ese pasado mañana, que es el hoy de tántos otros que viven en torno a mí? ¿Cómo me las apaño para reconciliarme con este paisaje árido y ruinoso en que me he convertido con el paso de los años? ¿Cómo se recupera la ilusión por las cosas? ¿Qué tengo que hacer? ¿Qué es lo que falla en mí, que no soy capaz de ver que sí que hay un futuro, y que ese futuro me incluye a mí también?


domingo, 14 de septiembre de 2008

El fracaso de la soledad

La soledad es un fracaso, lo mires como lo mires. Es como haberte quedado sin dinero a mediados de mes, o como intentar cruzar el desierto y quedarte sin agua a la mitad. Estás solo porque no has sabido conservar a la gente que te quiso, o a los que en un momento u otro de tu vida te rodearon y te dieron su calor. Por eso cuesta tánto confesar que estás solo. Por orgullo, o quizá por amor propio, o porque, sencillamente, cuesta reconocer que no has sido lo suficientemente inteligente para prever lo que sería tu futuro. Es, en el fondo, la peor de las vergüenzas: eso que nunca somos capaces de confesar pero que, al no confesar ni aceptar ni reconocer, se va volviendo un cáncer que se alimenta a sí mismo. Un ciclo que se cierra en su principio. Un agujero que te engulle y te anula, hasta el punto de que la soledad termina siéndolo y ocupándolo todo. Incluido tú mismo. Tu día a día. Tu forma de pensar. La soledad te mata, lentamente pero sin piedad. Y lo peor de todo es que antes de matarte te roba lo poco que tienes, que es tu vida.

jueves, 14 de agosto de 2008

El final del túnel


Me gustaría pensar que este es el principio del final del túnel. Que habrá un cambio real, de aquí a unos pocos meses. Que las cosas se irán arreglando por fin. Que el resto del camino será plano y cuesta abajo. Me gustaría pensar que volverán las cosas del pasado que no supe mantener, las cosas buenas, mi "yo más yo". Que me despertaré de esta pesadilla (después de seis meses, un año, dos años... eso da lo mismo, después de tanto tiempo) y podré por fin empezar a vivir. Me gustaría asomarme por fin al espejo y reconocerme. Y sentirme orgulloso. E ir sembrando el camino de piedrecitas de colores y cosas (conchas, piñoñes, hojas) que, cuando sea más viejo, recogeré y guardaré en una caja. Y esa caja por fin será mi vida. Y podré morir en paz, sabiendo que he hecho algo y que hay una caja llena de cosas mías.

lunes, 11 de agosto de 2008

Caminarás solo

Cuando te haga falta, cuando me eches de menos, mirarás a tu lado y yo no estaré ahí. Como tampoco estuve la última vez. Como no estoy nunca, cuando de verdad me necesitas. Te diré que no estoy en condiciones, que estoy confuso, que no estoy dispuesto, que tengo que pensármelo, pero no estaré ahí. Aunque luego tú me recojas cuando me vengo abajo y me pasees medio zombi y dormido por media España, como el que pasea un cadáver (justo cuando más apoyo emocional necesitas y cuando mejor te vendría tenerme ahí): así y todo me tendrás que escuchar que echo de menos a alguien más fuerte, que tú eres demasiado débil para mí. Y yo no estaré ahí para recogerte cuando seas tú el que se viene abajo. Me esconderé en mi concha, te cerraré la puerta, me enterraré en un hoyo, tendrás de mí un montón de bonitas palabras (pocas, de todos modos, porque te impondré el silencio) pero ni un solo gesto. Ni un abrazo. Ni un beso. Ni una sola palabra de consuelo. No estaré. Cuando me eches de menos y me busques, estaré de vuelta en casa, con los míos. Y empezarás a caminar tú solo, muerto de frío y de miedo, y quizá hasta te eches mano a los bolsillos para encontrarte, entre virutas de color de caramelo, una nota que dirá: "Siento haberte fallado cuando más me necesitaste. Perdón, mi vida". Pero da un poco lo mismo, porque yo no estaré ahí. No estoy preparado. Me lo tengo que pensar.

domingo, 10 de agosto de 2008

Güisqui y orfidal, y un toquecito de lorazepam


Hay días en que uno cae. Días que se parecen demasiado a ayer, y en los que el mañana no es más que un truco malo para obligarse a levantarse cada día. Días en que no se ve la punta de todo esto. Días negros como agujeros que se lo tragan todo. Días en que nadie llama, en que nadie está, en que nadie existe, ni siquiera uno mismo. Porque uno ya está harto de sí mismo y sólo quiere eso: dejar de existir. Coger la vía rápida. Morir ya no tan joven, pero por lo menos dejar un cadáver medianamente digno. Ahorrarse lo que sabe que va a ser lo peor: los últimos capítulos de este libro sin pies ni cabeza ni una trama interesante, esos últimos capítulos que han comenzado ya. Porque intuyes que el final de ese libro es más que triste. Trágico, incluso. Soledad y derrota. Y aún estás a tiempo de evitar todo eso, y de evitárselo también a los otros. 50 ó 60 pastillitas de orfidal y medio litro largo de güisqui, y quince o veinte pastillitas más de lorazepam o de otro somnífero. Un suicidio rápido (el de las pastillas) o un suicidio lento (el resto de tu vida). Eso es lo que hay. Y ahora, tú eliges.

sábado, 9 de agosto de 2008

Yo, robot

Mis días, desde hace tiempo, siguen una dinámica que es siempre la misma: me cuesta distinguir un sábado de un martes, porque todos los días son idénticos, en su rutina y en su monotonía. Las drogas hacen su parte: los antidepresivos que me tienen estable, los somníferos que me ayudan a dormir. La cabeza y el cuerpo parecen ir por libre, como si fueran dos partes diferentes de dos cuerpos diferentes ensambladas con más o menos éxito. El cuerpo va bien, funciona como una máquina; la cabeza en cambio no para de rumiar problemas, causas y efectos, preocupaciones, desesperación. Sin embargo, no me quejo. Porque también las drogas ponen freno a todo esto, y me ayudan a estar off (fuera de todo, dormido, despreocupado) y no inmerso en la mierda hasta el cuello. Algo que tendrá que llegar tarde o temprano, yo eso lo sé, pero por favor no ahora: cuando esté un poco más fuerte, cuando me pueda levantar por las mañanas con un poco de ánimo, o recobre el apetito. Cuando deje de ser este guiñapo que hoy por hoy sobrevive, sin más aspiraciones.

viernes, 8 de agosto de 2008

Sucedáneos

Es un error, y lo sabes. No deberías conformarte con sucedáneos. Aunque te parezcan un alivio a corto plazo. Es un error. No es ése el camino. Deberías derribar primero todo, tirar la casa entera, no dejar ni una sola viga en pie, para después reconstruirlo todo. Pero hacerlo bien esta vez. Sin soluciones fáciles ni chapuzas, sin malos hábitos adquiridos ni comodines ni engaños ni fórmulas mágicas que lo solucionen todo. Porque no hay más camino que ése: meter la piqueta y terminar con todo. Reconstruirlo todo desde las mismas ruinas. Levantar la casa piedra a piedra, viga a viga, muro a muro, puntal a puntal. Y después, protegerse del invierno dentro de ella.

Los sucedáneos no llevan a nada. La vida está ahí fuera. Pero hay que trabajar para poder conseguir algo que verdaderamente merezca algo la pena. Tú lo tuviste una vez, y lo perdiste: lo diste por ganado sin ningún esfuerzo. No caigas otra vez en el mismo error. No creas en los milagros. Los milagros no existen, sólo existe el esfuerzo. Las grandes catedrales no se levantaron solas.

jueves, 7 de agosto de 2008

Limpieza étnica

Y ahora me pregunto ¿cuántos niños especiales -no normales, o no convencionales-, niños con una sensibilidad especial, con una creatividad especial, o niños que sencillamente no encajan o no encuentran su lugar entre la grisura de los otros niños, son obligados cada día por sus padres a ser normales, a integrarse, a encajar? Es un tema difícil, porque no hay a quien culpar: los padres sólo quieren lo mejor para ellos, que formen parte de la sociedad cuanto antes, que sean "populares", amigos de todo el mundo, niños sanos y felices. Pero la cosa no funciona así: esos niños sufren, haciendo cosas en las que no se ven, que no quieren hacer, y el resultado no sólo es alienante respecto a los demás (que ven todo ese esfuerzo y te catalogan como un bichito raro) sino hacia uno mismo (que ya no sabe quién es ni quiere ser: si uno mismo, o ese que no es él, pero que sus padres le empujan a que sea). ¿Cuántos niños pierden esa conexión íntima con su propio ser -su personalidad- por culpa de unos padres que quieren que sea lo que el niño no es, y lo colocan en una encrucijada en la que sólo caben dos opciones: fingir o perderse? Y así comienza todo.

Jugar el juego


Jugar el juego consiste en mostrarse interesado, pero no demasiado. En mostrarse cercano, pero no más de la cuenta. En no parecer nunca posesivo, ni absorbente, aunque por dentro lo quieras todo de la otra persona y estés también dispuesto a darlo todo tú. Porque no es más que eso, un juego. En el momento en que te abres al otro y te haces transparente (lo sabes por experiencia) estás perdido, pasas a la lista negra de los indeseables o de los medio maníacos. Dar, pero dar poquito y con cuentagotas. Recibir con prudencia, como el que nunca espera lo que va a recibir. No exigir nunca. Incluso aunque uno sepa que esto es como un contrato, y que en los contratos todo se basa en eso: derechos y obligaciones, expectativas que una y otra parte se comprometen a cumplir de antemano. Jugar el juego es, en cierto modo, poner siempre el yo en primer lugar. Y saber que el otro, en un momento dado, va a hacer eso mismo: pensar primero y sobre todo en él mismo. "Lo primero soy yo, y después yo, y después de eso, yo", te dijo una vez alguien y te sonó horroroso. Pero era sincera: es igual en todo el mundo. No puedes contar con nadie. Porque nadie está ahí nunca cuando estás solo y jodido, y a ti ya no te quedan ganas de jugar el juego.