Olvídate de ayer. Deshazte para siempre de tus viejos prejuicios, de tus costumbres, de todos tus recuerdos, de lo que crees saber, de lo que está escondido -agazapado, como un tigre hambriento- en alguna parte de ti que no eres tú. Desnúdate del todo, quítate las máscaras, deja salir al niño que mataste y déjale que crezca, mira el mundo con los ojos de alguien que acaba de nacer, porque hoy todo es nuevo. Y ayer no existe ya. Confía en los que te quieren y quiérelos mejor tú también, cuídalos. Cuida también de cada segundo, de cada minuto, porque el tiempo es oro y porque has perdido ya demasiados años siguiendo un camino que no te llevaba a ninguna parte. Mírate al espejo y sorpréndete: te verás como si nunca te hubieras visto antes. Sonríe. Respira. Vive. Todo lo que ves es tuyo y es de todos. Siéntate a la mesa y disfruta. Porque te ha costado treinta y ocho años convertirte, por fin, en un recién nacido.
sábado, 27 de septiembre de 2008
viernes, 26 de septiembre de 2008
Rechazo
martes, 23 de septiembre de 2008
Centro de gravedad permanente
lunes, 22 de septiembre de 2008
Aislamiento
miércoles, 17 de septiembre de 2008
Alcohol
Tengo una buena relación con el alcohol. No siempre ha sido así (cuando era jovencito, supongo que él y yo éramos todavía como dos nuevos amigos que no han acabado de cogerse la medida), pero hay que ser consciente de que el alcohol es un amigo y compañero peligroso, con el que nunca conviene confiarse. Hoy por hoy, al menos, nos llevamos bien. Yo respeto sus límites y él respeta y los míos. Y además da color a la grisura del día, y -no sé cómo expresarlo de otro modo, la verdad- me enfoca, me define, me hace reencontrarme con una una parte perdida de mí mismo que se queda a diario en los trajines de lo cotidiano, las frustraciones, los sueños que no serán, los sueños que tal vez sean, los lazos que atan y los lazos que aprisionan. No me convierte en una persona diferente, ni tampoco lo busco ni lo quiero, sino que me reencuentra con mi yo más yo. No porque me libere de las inhibiciones (esto se va perdiendo con la edad, mucho me temo) sino porque dibuja y repasa mis contornos, por lo normal difusos, borrosos, o inexistentes. Es una relación casi de amor, o tal vez sólo sea (como dijo Jim Morrison) un pacto de suicidio lento. Porque algo se pierde en cada trago, y algo se gana también. No es tanto un viaje a lo desconocido como un viaje de vuelta a lo conocido, a una parte mágica de la realidad que se pierde normalmente. La vuelta al yo.
lunes, 15 de septiembre de 2008
Recuperar la ilusión
Y esto de la ilusión, ¿dónde se compra? ¿Adónde encargo las ganas de vivir y la curiosidad por lo que no conozco? ¿Cómo hago para dejar de ver la vida como un pasillo que se estrecha y se estrecha, como un montón de puertas que se van cerrando hasta que ya, por fin, no queda ni una sola abierta en la que poder colarse? ¿Quién me traduce eso de "poner de mi parte" a este dolor sin fondo, que no me deja casi ni respirar? ¿Cómo hago para creer que sí, que existe ese mañana, ese pasado mañana, que es el hoy de tántos otros que viven en torno a mí? ¿Cómo me las apaño para reconciliarme con este paisaje árido y ruinoso en que me he convertido con el paso de los años? ¿Cómo se recupera la ilusión por las cosas? ¿Qué tengo que hacer? ¿Qué es lo que falla en mí, que no soy capaz de ver que sí que hay un futuro, y que ese futuro me incluye a mí también?
domingo, 14 de septiembre de 2008
El fracaso de la soledad
jueves, 14 de agosto de 2008
El final del túnel
Me gustaría pensar que este es el principio del final del túnel. Que habrá un cambio real, de aquí a unos pocos meses. Que las cosas se irán arreglando por fin. Que el resto del camino será plano y cuesta abajo. Me gustaría pensar que volverán las cosas del pasado que no supe mantener, las cosas buenas, mi "yo más yo". Que me despertaré de esta pesadilla (después de seis meses, un año, dos años... eso da lo mismo, después de tanto tiempo) y podré por fin empezar a vivir. Me gustaría asomarme por fin al espejo y reconocerme. Y sentirme orgulloso. E ir sembrando el camino de piedrecitas de colores y cosas (conchas, piñoñes, hojas) que, cuando sea más viejo, recogeré y guardaré en una caja. Y esa caja por fin será mi vida. Y podré morir en paz, sabiendo que he hecho algo y que hay una caja llena de cosas mías.
lunes, 11 de agosto de 2008
Caminarás solo
Cuando te haga falta, cuando me eches de menos, mirarás a tu lado y yo no estaré ahí. Como tampoco estuve la última vez. Como no estoy nunca, cuando de verdad me necesitas. Te diré que no estoy en condiciones, que estoy confuso, que no estoy dispuesto, que tengo que pensármelo, pero no estaré ahí. Aunque luego tú me recojas cuando me vengo abajo y me pasees medio zombi y dormido por media España, como el que pasea un cadáver (justo cuando más apoyo emocional necesitas y cuando mejor te vendría tenerme ahí): así y todo me tendrás que escuchar que echo de menos a alguien más fuerte, que tú eres demasiado débil para mí. Y yo no estaré ahí para recogerte cuando seas tú el que se viene abajo. Me esconderé en mi concha, te cerraré la puerta, me enterraré en un hoyo, tendrás de mí un montón de bonitas palabras (pocas, de todos modos, porque te impondré el silencio) pero ni un solo gesto. Ni un abrazo. Ni un beso. Ni una sola palabra de consuelo. No estaré. Cuando me eches de menos y me busques, estaré de vuelta en casa, con los míos. Y empezarás a caminar tú solo, muerto de frío y de miedo, y quizá hasta te eches mano a los bolsillos para encontrarte, entre virutas de color de caramelo, una nota que dirá: "Siento haberte fallado cuando más me necesitaste. Perdón, mi vida". Pero da un poco lo mismo, porque yo no estaré ahí. No estoy preparado. Me lo tengo que pensar.
domingo, 10 de agosto de 2008
Güisqui y orfidal, y un toquecito de lorazepam
Hay días en que uno cae. Días que se parecen demasiado a ayer, y en los que el mañana no es más que un truco malo para obligarse a levantarse cada día. Días en que no se ve la punta de todo esto. Días negros como agujeros que se lo tragan todo. Días en que nadie llama, en que nadie está, en que nadie existe, ni siquiera uno mismo. Porque uno ya está harto de sí mismo y sólo quiere eso: dejar de existir. Coger la vía rápida. Morir ya no tan joven, pero por lo menos dejar un cadáver medianamente digno. Ahorrarse lo que sabe que va a ser lo peor: los últimos capítulos de este libro sin pies ni cabeza ni una trama interesante, esos últimos capítulos que han comenzado ya. Porque intuyes que el final de ese libro es más que triste. Trágico, incluso. Soledad y derrota. Y aún estás a tiempo de evitar todo eso, y de evitárselo también a los otros. 50 ó 60 pastillitas de orfidal y medio litro largo de güisqui, y quince o veinte pastillitas más de lorazepam o de otro somnífero. Un suicidio rápido (el de las pastillas) o un suicidio lento (el resto de tu vida). Eso es lo que hay. Y ahora, tú eliges.
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