lunes, 7 de julio de 2008

Sin palabras

Ya no sé qué decir ni cómo decirlo ni para quién. Cómo pedir ayuda sin ser rechazado, sin ser agredido. Cómo expresarme sin ofender. Cómo decir te quiero y que no suene a te odio. Cómo hacer para no ir quedándome cada vez más aislado y más solo. Cómo decir "lo siento" y que suene sincero, porque es verdad que lo siento, que no lo hago mejor porque sencillamente no sé hacerlo mejor. Ya no sé qué hacer, a secas: cada paso que doy es un error y me cuesta un precio (alto) que me toca pagar, y que hace que el dolor sea cada vez más mayor. No me entiende nadie porque, para empezar, no me entiendo ni yo, y la gente lo ve y huye, y la soledad cada vez es mayor.

Me siento hecho una puta mierda. Sucio, culpable, indigno, estúpido, el peor enemigo de mí mismo. Pueden darme oro, que ya me encargaré yo de convertirlo (tarde o temprano) en mierda. Y esto nunca va a acabar, no hay solución para esto. Es lo que es, y yo soy lo que soy. La vida no hace más que darme oportunidades que yo no paro de desaprovechar. Y nunca para. Y cada vez peor.

domingo, 6 de julio de 2008

Búscate la vida


Mi mamá me ama. Mi mamá me mima. Amo a mi mamá.

Ya a los cinco años (si no antes), todo eso que te enseñan en preescolar me parecía un montón de mierda. En casa, mi madre había hecho dos bandos: el suyo propio y el de mi padre, al que culpaba de todo en esta vida (aunque era incapaz de separarse y arreglar su situación). Y mi madre ya había decidido que yo (contestón, problemático, inquieto) no era de los suyos. Prefería a mis hermanos, mucho más sumisos y fáciles de manejar. Yo "había salido" a mi padre.
La lista de quejas es larga y no merece mucho la pena recordarla: pero me imagino que estaremos todos más o menos de acuerdo en que quitarme los regalos que me hacía mi padre para volver a dárselos a mi hermano, o estar días sin hablarme (yo tenía unos siete años), o venir (esto fue en un cumpleaños, más o menos por esa misma edad) a decirme que "todos los padres se estaban riendo de lo repelente que yo era" porque les estaba contando a los otros niños algo que había leído en un libro (los nombres de las estrellas y de las constelaciones) no es la mejor manera de educar a un niño, ni de insuflarle autoconfianza.

Esta falta de autoconfianza (por lo demás, injustificada: no soy mejor ni peor que la media, pero sí que tiendo a sobresalir en cosas...) ha conformado mi vida desde entonces. Mis amigos del colegio no eran los que más me atraían ni yo admiraba, sino el pelotón de los inadaptados (por miedo al rechazo, para evitar lo que ya vivía en casa). No puedo recordar una sola vez en que ligara con una chica y estuviera sobrio. No puedo presentarme a entrevistas de trabajo. No me siento digno de ocupar un trabajo normal, siquiera. Me siento íntimamente inferior a los demás, eternamente rechazado, abandonado, no querido ni aceptado por nadie... y todo viene de ahí, de esa herida que parece que no se va a cerrar nunca.

Y ahora, "búscate la vida".
Y espabila, que el tiempo se te acaba.

sábado, 5 de julio de 2008

Cuando parece que sí, pero no

Como cuando suena el despertador y te levantas de la cama de un salto, y vas al cuarto de baño a lavarte la cara y despejarte, y te preparas un par de tostadas y un buen bol de café con leche, y te sientas tranquilo en la cocina a pensar en las mil y una cosas que vas a hacer durante ese día, y hasta sales a la calle... hasta que por fin te das cuenta de que sigues en la cama, dormido, y que el despertador vuelve a sonar, y te da una pereza horrorosa levantarte.

Así me siento hoy. Otra vez desarmado, otra vez peleándome contra un millón de brazos que vienen de todas partes y que no dejan que me mueva ni un centímetro, otra vez desmotivado, aburrido, convencido de que haga lo que haga -porque mira que lo intento- nada va a cambiar jamás. No hay forma de que cambie. Porque el espejo en que te miras no cambia ("yo hablo con todo el mundo y nadie se toma las cosas como tú te las tomas", o "tú es que hoy tienes un día malo y eso es lo que te pasa").

¿Cómo explicarle -una y otra vez- que no tengo días buenos ni días malos (o no más ni menos que el resto de la gente), que soy una persona que reacciona a las cosas, y no un ser caprichoso y voluble al que el carácter le cambia por las buenas? Pues de la única forma que sé ya: evitando su presencia y dándole la razón.

Me iré a la cama pronto, y que sea mañana cuanto antes.

viernes, 4 de julio de 2008

Perder el control

Lo contrario del control no es el caos. O, al menos, no para mí: lo contrario del control es, simplemente, la muerte. Ser traido y llevado por fuerzas y emociones que no dependen de mí, que me poseen como íncubos malignos, como demonios que no hay forma humana de exorcizar o echar fuera de mí. Es como verse arrancado de pronto de la superficie del mundo, o de la vida, y llevado hasta el vórtice de un tornado salvaje, que primero te agita y te revuelve y te sube y te baja y después te deja caer violentamente. Cuando pierdo el control, lo pierdo todo: los amigos se van, los amores te dejan, la familia se asuste y huye, o decide internarte en un psiquiátrico. Y a ti sólo te queda ver lo que está pasando, un poco desde dentro y desde fuera a la vez, porque no eres tú quien vive en realidad todo eso, estás siendo vivido. Es otro el que decide, otro el que actúa por ti, el que intenta destruirte usurpando tu propia voz, tus manos, tu cabeza. Lo contrario del control no es el caos, porque en el caos es posible vivir. El caos, en realidad, es una forma de orden, un estado apacible, si lo comparamos con esa caída de lo más alto a la nada, o incluso a lo que hay más allá de la nada, que es para mí la pérdida del control. Cuando soy otro, y los demás ni siquiera lo saben. Cuando pido ayuda y lo hago gritando, insultando, agrediendo. Cuando la rabia (que no es realidad más que la voz de ese yo cautivo que no quiere dejarse estrangular por el otro) es lo único que ven los que miran desde fuera, y se espantan. No estoy loco. Es sólo que he perdido el control. Pero explícaselo a ellos: a los que ya se han ido, a los que quieren irse, a los que llegarán para luego abandonarme.

Apoyo

"Dadme un punto de apoyo y haré que se mueva el mundo".

Muchas veces sólo hace falta eso: un punto de apoyo, una mano que te ayude, unas palabras que te animen, una sonrisa que te sostenga. Muchas veces es eso lo que uno no encuentra y lo que lo terminan precipitando al abismo. Un punto de apoyo para hacer que todo cambie, que se deshagan todas las telarañas, que el mundo entero se mueva. Y que baile.

jueves, 3 de julio de 2008

Segundas oportunidades



Hoy me he visto en los ojos del otro. He visto su impotencia, su miedo, su cansancio, su frustración, lo difícil que es tener que convivir con alguien como yo. He oído las mismas cosas que tántas veces me ha dicho, pero las he escuchado por primera vez, y he atendido a sus razones. Me han conmovido sus lágrimas y, aunque parezca raro, me he dado cuenta por primera vez de que no sólo yo lloro. De que no soy el único que ya no puede más. Que es verdad aquello de que tengo hacer más, y no esperar que el resto del mundo venga a solucionarme los problemas. Hoy me he dado cuenta de que estaba equivocado en muchas cosas, de que he hecho mal muchas cosas, de que no soy una víctima y de que, efectivamente, el responsable de todo lo que me pase, de mis fracasos y mis logros, de mis capacidades y mis limitaciones, soy yo. Y nadie más que yo.

Hoy han empezado muchas cosas. Y espero que todas terminen bien. O que terminen, a secas. Que todo esto que he sentido hoy no se quede en un montón de palabras y de buenas intenciones. Que todo se cumpla, y que el final de lo que ha empezado hoy sea el principio de otra vida completamente diferente de esta.

Lo que iba a ser: la mierda que ha sido


Realidad y deseo. Yo ideal y yo real. Lo que nos gustaría que fuera y lo que es. Eso que hace que la vida sea tan frustrante, tan decepcionante. Los sueños que terminan siendo como excrecencias apestosas y negruzcas. Porque así son las promesas: todo mentiras y burlas.

Tener que lidiar con eso. Acomodarse al fracaso. Engañarse a uno mismo para poder seguir vivo. Mirar hacia otra parte para no tener que ver la mierda que nos llega hasta las cejas, las rendiciones, las claudicaciones, las pérdidas de las que nunca nos recuperaremos, la muerte que nos ronda y que, por segundos, nos va cercando y comiendo terreno.

La vida es un proceso de demolición.

martes, 1 de julio de 2008

Nadie me echará de menos

Y no es una frase hecha: no ocupo ningún sitio en la vida de nadie. Aquí estoy, cayéndome a pedazos, y en realidad a nadie le importa una mierda. Nadie llama. Nadie hace nada. Nadie me echa una mano. Todo el mundo sigue con sus preocupaciones, su vida cotidiana, su familia, sus cosas. Yo ya no existo. Da igual cómo me sienta. A nadie le importa un carajo, en realidad.

El karma es una mierda. Hay gente por la que creo que he hecho (o por la que he hecho, directamente, qué coño) todo lo que he podido, a los que les he dado todo lo que he tenido, y que ahora me responden con silencio y hasta con desdén. Si es que responden. Insultos, agresiones, comentarios que no puedes creerte que vengan de alguien que dice que una vez te quiso. Y por quien hiciste una vez todo lo que pudiste, y de corazón, porque sentías que sus problemas eran también los tuyos.

Nadie me echará de menos. Nadie se acordará de mí pasado un tiempo. Y está bien que así sea: no quiero que se cuelguen conmigo la medalla de la compasión, o incluso de la pena. Que se cuelguen, si acaso, la medalla de la vergüenza (aunque sé que ellos nunca lo verán así), la medalla del egoísmo, de quien sabía lo que estaba pasando y prefirió mirar hacia otro lado y no hacer nada. Solamente mirar. Y juzgar, cómo no. Y sacar conclusiones morales de todo esto.

Todo, menos ayudar.


El domador de leones



Creo que lo escribió Camus: los leones te respetan si eres el domador; y entras, chasqueas el látigo, los pones a desfilar... todo lo más, te rugen, pero te respetan, y es difícil que te ataquen. Pero intenta entrar en esa misma jaula si ese día tienes un leve corte en el dedo. Se echarán sobre ti, al olor de la sangre, te harán pedazos, se vengarán de pronto de todas las veces que hiciste chasquear el látigo. Porque han olido la debilidad, y han visto el color rojo de tu sangre, y tu miedo.

O, como decía el blues: nobody loves you when you´re down and out... nadie te quiere cuando estás jodido y fuera de juego.

Y así es la vida, o eso es lo que parece. No ha recibido nunca tantos insultos, tantas agresiones, tantas humillaciones desde que todo el mundo sabe que me he venido abajo, que sigo abajo, que me siento impotente para hacer ni la más mínima cosa. Incomprensión total, en el mejor de los casos. Cosas que dijiste con sinceridad (o como manera de pedir ayuda, en muchos casos) que ahora se te vuelven como puñaladas por la espalda o a degüello. Gente que querías, y en la que confiabas hasta hace un mes (dos meses, como mucho) y que ahora te hablan con tal desprecio, con tal dureza, con tal desinterés, que dudas si existieron realmente alguna vez, o fuiste tú el que quiso verlos de una manera que no fueron nunca.

El cactus

Como un cactus. El único cactus que crece en mitad del desierto, en realidad. Que intenta atrapar todo el agua que puede, porque sabe que su vida depende de eso. Un cactus que nadie toca, porque pincha y hace daño. Que no puede crecer en ninguna otra parte -dicen los libros-, y que es también el único tipo de planta que podría crecer en ese sitio. Un cactus solitario, a lo mejor bonito, pero no el tipo de planta con que uno decoraría su casa. Un cactus que sueña con un bosque de cactus, bajo un cielo oscuro, tranquilo, lleno de estrellas, y con un airecillo suave y agradable. Un cactus que quisiera poder no ser un cactus, no vivir solo en mitad del desierto, servir de algo más que de sombra para las serpientes de cascabel y los chacales. Un cactus que sufre bajo el sol implacable, en medio de un bochorno que aturde y que termina con cualquier esperanza de vida. Incluso con la esperanza remota y liberadora de que el cactus deje alguna vez de ser cactus.